viernes, 23 de diciembre de 2011

Mi viejo amigo Gino

   Debo confesar que continuar con la tercera parte de La Razón se ha vuelto una tarea sumamente complicada. No sé si es un simple bloqueo de escritor o si sencillamente bloqueé inconscientemente todos esos recuerdos como un mecanismo de defensa.  El punto es que, me ha costado continuar escribiendo.

   Pero como aprecio mucho las visitas de ustedes, mis estimados lectores, quise postear algo distinto a La Razón, el día de hoy. Es algo que estoy viviendo y que me parece tan conmovedor que me ha entrado la necesidad de desahogarlo en estas líneas.

   Se trata de mi mejor amigo, Gino.




  Gino tiene la edad de 72 años. Como todo hombre de avanzada edad, ha sufrido un cambio radical en su personalidad. El Gino de hoy no es el mismo Gino de su juventud, cuando corría incansablemente y tenía energía como para conquistar a todas las jovencitas que voluntariamente lo visitaban en su casa. Gino hoy día sólo quiere estar acostado en su cama, durmiendo una buena siesta mientras escucha las noticias en el televisor.

   Antes, en sus años dorados, Gino saltaba de la cama con entusiasmo cuando amanecía. Como un soldado, caía al suelo y se despabilaba en dos segundos. Gino en este momento se despierta, pero no es capaz de salir de la cama cuando lo desea. Primero tiene que pedirle permiso a sus cansadas articulaciones para que se estiren, flexibilicen y dejen de dolerle tanto. Así, cuando ellas, las articulaciones lo deciden, él puede salir de su cama.

   Antes, cuando era joven y fuerte, tenía un control supremo de su esfínter. Era capaz de resistir muchas horas sin ir al baño, probablemente por la creencia de “si vas al baño cuando comienzas a beber, irás toda la noche”. Así que Gino podía aguantar las ganas el tiempo que quisiera y llenar su tanque tanto como él quisiera.

   Hoy no es así. Él no controla su tanque oxidado. El tanque lo controla a él. Por lo tanto, tiene que usar unos ridículos pañales para ancianos. Siente tanta vergüenza cuando nos toca colocárselo que hace todo lo posible por evitar la situación. Pero él, en su fuero interno sabe que es necesario.

   Pareciera que estuviera hablando de mucho tiempo de vida. Pero en realidad no lo es.


  12 años después de que llegó a nuestra casa, mi mejor amigo desde la infancia, mi perro Gino, tiene problemas en las articulaciones y las caderas. Duerme mucho y se volvió malhumorado. No es capaz de marcar su territorio cuantas veces quisiera. Y ya las chicas poodle más guapas de la urbanización no lo visitan.

   Es increíble ver el ciclo de la vida resumido en una pequeña criatura tan querida por toda la familia. Antes teníamos un cachorro, ahora tenemos un viejito en casa :)

  Te quiero mucho viejo amigo.
  Tu amo, amigo y papá humano.

Ziggy.

domingo, 11 de diciembre de 2011

La Razon. Parte II.


(Secuestro en la nave espacial Ovni)

Parte II

 
Hace 365 días yo era un joven muy normal de 22 años. Pero, poco a poco mi vida comenzaba a cambiar vertiginosamente. Y no sabía muy bien cual dirección tomaría. En ese momento, mientras vivía en la caótica y hostil caracas de estos tiempos, me encontraba en la desconcertante paradoja de no saber si mantenerme viviendo en la ciudad capital o devolverme a mi querida (?) ciudad de origen en el interior del país.

Muy parecido a lo que enfrentan los personajes del afamado musical de los años 90 llamado “Rent” (“Renta”, en español), yo estaba intentando abrirme camino entre la naciente industria cinematográfica venezolana. Industria que, ha sufrido conatos de aborto a través de las décadas. Mi trabajo en la productora, como director y productor para un noticiario de cine me llenaba de satisfacciones, pero no me llenaba los bolsillos.

(Trailer de la adaptacion al cine del musical "Rent")

Como muchos jóvenes de mi edad, yo tenía deseos que se podrían considerar normales en cualquier otro lugar del mundo, pero que, en la Venezuela bolchevique del siglo XXI parecen imposibles: tener un trabajo, ganar dinero suficiente con él como para alquilar un apartamento, vivir con un roomate (mi mejor amigo que también vivía como ente foráneo en la ciudad), comprar la comida y tener suficiente dinero como para costear las diversiones básicas.

Todo eso que yo deseaba se me hacía imposible de tener con un sueldo tan bajo y con el creciente costo de la vida y todas las cosas que nos hacen querer cerrar el periódico o apagar el televisor cuando vemos las noticias. Entonces, justo en ese preciso instante cuando estaba comenzando a pensar en colgar la toalla se me presenta el acoso telefónico de quien ahora en adelante llamare “El Jefe”.

“El Jefe” necesitaba desesperadamente contar con mi presencia en su equipo de productores ¿Por qué tanta insistencia? Hasta ese momento todo parecía indicar que estaban desesperados porque ellos, los chavistas, no tenían ni la menor idea de lo que era la producción para televisión. Y yo, un humilde casi graduado de comunicador social contaba con la sabia experiencia de 3 meses de trabajo en una de las mejores productoras del país.

A la decima llamada, este señor, quien al parecer sabe obtener lo que quiere me hizo una última oferta: “renuncia ya a la productora y nosotros te pagamos la liquidación”.  En ese momento yo entendí que esta gente manejaba una buena cantidad de recursos económicos y me dije: “Coño ¡No seas gafo y acepta la oferta!”. Entonces deje de vacilar, deje a un lado mi signo libra, me arme de valor y le dije: “Esta bien, acepto. Déjame plantearle la situación a mi jefa”. 

Y así fue. Hable con mi jefa, le conté lo que me estaba sucediendo y le explique que un chico como yo no podía dejar pasar esa oportunidad (grave error que estaba cometiendo, pero en ese momento estaba aturdido por el olor del dinero y no me daba cuenta). Ella se mostro muy comprensiva y acordamos que trabajaría hasta el 23 de ese mes, fecha cuando se vencía mi contrato. 

Ese día, a las 5:30 pm (30 minutos antes de que se terminara mi último turno de trabajo en mi querida productora), El Jefe me volvió a llamar, y esta vez me confesó que estaba esperándome en un restaurante cercano al área donde está ubicada la productora. Y que por motivos “relacionados al programa de televisión” estaba dispuesto a invitarme la cena y conversar un poco conmigo. 

Asi que sin darme cuenta, me embarque en esa rara nave espacial chavista.
Strike one.

sábado, 10 de diciembre de 2011

La Razón.


(Encuentro cercano del 3er tipo)

Parte I

Hacía mucho tiempo que no me animaba a escribir algunas líneas en un documento de Word. No tenía el tiempo, ni la necesidad de expresarme a través de las teclas como lo estoy haciendo ahora.  Sin embargo, tantas cosas juntas me han bombardeado en los últimos meses, que hoy, 10 de diciembre de 2011 me encuentro encerrado en mi habitación drenando el deseo casi compulsivo de mi cuerpo que me pide a gritos escribir este texto.


 (Foto de la Plaza Francia, en Altamira, Caracas)

Esta es mi historia

Hace 365 días, yo era un joven muy normal de 22 años. Yo soy venezolano, y vivo en un país caótico al borde de un colapso social. Caracas es una de las ciudades más violentas del mundo, y realmente requiere un acto de suprema valentía decidir realizar una mudanza hacia este hostil lugar. Yo, que ya estoy alienado y acostumbrado a vivir en este entorno decidí armar mis maletas y mudarme a Carcas, a vivir la vida universitaria y enfrentarme solo a tan caótica realidad.

No me sobraba el dinero, pero se puede decir que vivía bien en Caracas. Tenía un trabajo que amaba en una productora de cine. Explotador y con mala paga, pero lo amaba. Estudiaba en la universidad y realizaba una tesis que me encantaba (escritura de un guion cinematográfico). Y además, vivía con una señora que a veces detestaba, pero era un apartamento ubicado en una zona céntrica y relativamente segura del este de la ciudad.

Todo parecía marchar bien. Hasta que por cosas de la vida me toco conocer de manera “endógena” (como dirían los cuasi bolcheviques a los que ya me voy a referir), el modo de trabajo y la subcultura de un grupo en particular de chavistas, en un buen (?) día en el que tuve que tocar la puerta de un organismo público del estado venezolano, para pedir que me firmaran un documento. 

Accidentalmente, dos compañeras y yo nos topamos ahí con un hombre que era el encargado de firmar la planilla. Este hombre, delgado y nervioso, un poco parecido al Señor Burns de “Los Simpsons”, pero más joven, se quedo en shock al descubrir que estaba enfrente de 3 comunicadores sociales, sin dinero, esperando para graduarse en la mención de Artes Audiovisuales, justamente el día en que su jefa le ordeno armar un equipo de trabajo para sacar al aire un programa de televisión, del cual no tenía ni idea de cómo producir, pero que debía salir al aire en menos de un mes.

Inmediatamente nos hizo la oferta: “¿Quieren trabajar con nosotros?”. Mis compañeras aceptaron inmediatamente la oferta, deslumbradas con el potencial de ganar un sueldo considerablemente atractivo, puesto que estábamos haciendo negocios con la gente del Gobierno (quienes se caracterizan por no escatimar en gastos y derroche).

Pero yo, que estaba (si, es cierto), un poco corto de dinero no pude aceptar de inmediato la proposición porque ya estaba trabajando en mi empleo que amaba, en la productora de cine que mencione al principio. Entonces los hice esperar. Los días pasaron y tanto fue el acoso telefónico de este hombre, que comencé a considerar en serio la posibilidad de cambiar de trabajo.