Debo confesar que continuar con la tercera parte de La Razón se ha vuelto una tarea sumamente complicada. No sé si es un simple bloqueo de escritor o si sencillamente bloqueé inconscientemente todos esos recuerdos como un mecanismo de defensa. El punto es que, me ha costado continuar escribiendo.
Pero como aprecio mucho las visitas de ustedes, mis estimados lectores, quise postear algo distinto a La Razón, el día de hoy. Es algo que estoy viviendo y que me parece tan conmovedor que me ha entrado la necesidad de desahogarlo en estas líneas.
Gino tiene la edad de 72 años. Como todo hombre de avanzada edad, ha sufrido un cambio radical en su personalidad. El Gino de hoy no es el mismo Gino de su juventud, cuando corría incansablemente y tenía energía como para conquistar a todas las jovencitas que voluntariamente lo visitaban en su casa. Gino hoy día sólo quiere estar acostado en su cama, durmiendo una buena siesta mientras escucha las noticias en el televisor.
Antes, en sus años dorados, Gino saltaba de la cama con entusiasmo cuando amanecía. Como un soldado, caía al suelo y se despabilaba en dos segundos. Gino en este momento se despierta, pero no es capaz de salir de la cama cuando lo desea. Primero tiene que pedirle permiso a sus cansadas articulaciones para que se estiren, flexibilicen y dejen de dolerle tanto. Así, cuando ellas, las articulaciones lo deciden, él puede salir de su cama.
Antes, cuando era joven y fuerte, tenía un control supremo de su esfínter. Era capaz de resistir muchas horas sin ir al baño, probablemente por la creencia de “si vas al baño cuando comienzas a beber, irás toda la noche”. Así que Gino podía aguantar las ganas el tiempo que quisiera y llenar su tanque tanto como él quisiera.
Hoy no es así. Él no controla su tanque oxidado. El tanque lo controla a él. Por lo tanto, tiene que usar unos ridículos pañales para ancianos. Siente tanta vergüenza cuando nos toca colocárselo que hace todo lo posible por evitar la situación. Pero él, en su fuero interno sabe que es necesario.
Pareciera que estuviera hablando de mucho tiempo de vida. Pero en realidad no lo es.
12 años después de que llegó a nuestra casa, mi mejor amigo desde la infancia, mi perro Gino, tiene problemas en las articulaciones y las caderas. Duerme mucho y se volvió malhumorado. No es capaz de marcar su territorio cuantas veces quisiera. Y ya las chicas poodle más guapas de la urbanización no lo visitan.
12 años después de que llegó a nuestra casa, mi mejor amigo desde la infancia, mi perro Gino, tiene problemas en las articulaciones y las caderas. Duerme mucho y se volvió malhumorado. No es capaz de marcar su territorio cuantas veces quisiera. Y ya las chicas poodle más guapas de la urbanización no lo visitan.
Es increíble ver el ciclo de la vida resumido en una pequeña criatura tan querida por toda la familia. Antes teníamos un cachorro, ahora tenemos un viejito en casa :)
Te quiero mucho viejo amigo.
Tu amo, amigo y papá humano.
Ziggy.
